«Un helado día de invierno, los miembros de la sociedad de puercoespines se apretujaron para prestarse calor y no morir de frío. Pero pronto sintieron las púas de los otros, y debieron tomar distancias. Cuando la necesidad de calentarse los hizo volver a arrimarse, se repitió aquél segundo mal, y así se vieron llevados y traídos entre ambas desgracias, hasta que encontraron un distanciamiento moderado que les permitía pasarlo lo mejor posible»
Schopenhauer, 1851
¿Cómo llega a ocurrir que un conjunto de desconocidos pase a conformar lo que, a partir de entonces llamarán «grupo», y será visto por ellos mismos, y por quienquiera los observe, como una unidad : una unidad en la medida en que «aspira» a actuar como tal, en la medida que parece hacerlo ?
1.- ANTECEDENTES
En su Psicología de las masas y análisis del yo, al tratar juntas las dos formaciones que enlaza en el título, Freud inicia el despliegue de lo que en psicoanálisis ha insistido como un nudo problemático : la relación conflictiva entre el grupo y el narcisismo individual , en cada humano «llevado y traído entre ambas desgracias».
Freud propone que el grupo es posible gracias a la idealización de un intermediario : persona o idea con un estatuto y una jerarquía diferentes a los que corresponden a los miembros del grupo, quienes a consecuencia de la comunidad en la idealización, pueden identificarse entre ellos. Se ocupa entonces de las relaciones que mantienen entre sí los mecanismos de identificación e idealización, que explicarían la «resolución» de lo que sería el conflicto yo/grupo de otro modo infranqueable.
En un primer momento, Freud indica que identificación e idealización serían mecanismos opuestos, desde el punto de vista del enriquecimiento o empobrecimiento del yo en cuanto al aflujo de libido. En la identificación, la libido tiene por destinatario al yo, abandonando al objeto ; en la idealización abandona al yo para sobrestimar al objeto a expensas de la investidura narcisista.
Sin embargo, dice Freud, tal oposición es en realidad un espejismo. Ambos mecanismos pueden coexistir, puesto que es posible distinguirlos de otro modo, dice, según «que el objeto se ponga en el lugar del yo o en el del ideal del yo». En ese caso, el objeto perdido que es condición de la identificación podrá ser sin embargo conservado en la idealización, como objeto idealizado.
Vemos así cómo, lo que resultaba un conflicto entre investiduras del yo y de algo que le era externo, el objeto, se convierte en un conflicto entre instancias psíquicas. Esta «solución», con la que afirma concepciones que lo llevarán a formular su segunda tópica, indica el interés privilegiado de su estudio : no tanto la especificidad del grupo como objeto, sino sobre todo el análisis del yo.
Cuando W. R. Bion (1948) emprende sus investigaciones, se posiciona de un modo muy diferente al de Freud : su objeto de análisis es el grupo -quiere comprender al grupo-, y se interroga por esos modos de comportarse un «agregado» de personas «como si se hubieran puesto de acuerdo». Propone entonces que algunas formaciones inconcientes de cada uno son aportadas unánime, anónima e involuntariamente en un continente que llama «mentalidad grupal». La «mentalidad grupal» entra en conflicto con «el individuo», produciéndose entonces una formación de compromiso, la «cultura de grupo». Apuntemos aquí que esta formación fantasmática -constituida por los supuestos básicos, derivaciones de una fantasía de escena primaria muy primitiva- resultaría entonces, por su capacidad de administrar las relaciones entre lo individual discriminado y lo colectivo indiscriminado, una formación intermediaria.
La diferencia de acento en las perspectivas de Freud y de Bion, interesado uno más bien por el objeto yo y el otro sobre todo en el objeto grupo, tiene más de una consecuencia. Al partir de una mirada que podríamos llamar «grupalista», Bion contribuye a la comprensión del grupo con ideas decisivas. Por un lado, pese a definir a la unidad grupo como una fantasía, explica la constitución de la realidad psíquica del grupo por la acción de formaciones muy específicas, que no podrían producir los mismos efectos fuera de la realidad material del grupo. Por otro lado, deja de ver a la persona del líder como lo que reúne en primer lugar al conjunto, para considerar al propio liderazgo ya como un fenómeno de producción grupal.
No obstante, y pese a sus diferencias, tanto Freud como Bion encuentran en el nudo de la relación individuo/grupo un conflicto cuya superación exige la presencia o la creación de un intermediario.
Didier Anzieu (1978), que retoma en sus propias aportaciones la idea de Bion acerca de la fantasía como mediadora en esa relación individuo/grupo, desarrolla la fecunda hipótesis de una analogía entre grupo y sueño, analizando las conexiones entre el grupo y el yo desde el punto de vista de las regresiones que ambas situaciones -tanto el grupo como el sueño- suscitan. Entre ellas, aunque alude a la regresión hacia los narcisismos primario y secundario, se ocupa, tal como lo anuncia en el texto, sólo del último (op. cit. pág. 83). Y es seguramente por este motivo que no encuentra obstáculo en indicar al mismo tiempo que el grupo es una amenaza primaria para cada yo que quiere verse como la unidad independiente que pretende haber llegado a ser, y también que los humanos entran al grupo como al dormir entran al sueño.
La primera afirmación indica evidentemente el conflicto, pero ¿qué decir de la segunda ? Cuando experimentamos o percibimos la inquietud que la conformación de un nuevo grupo produce, no podemos menos que decirnos que la entrada al sueño no es generalmente tan perturbadora: queremos dormir, queremos soñar, y es más bien cuando esto no ocurre que nos sentimos angustiados. Por lo tanto, más allá del notable aporte que debemos a la aguda formulación de sus analogías, debe de haber alguna diferencia esencial entre «entrar a un grupo» y «entrar al sueño».
2. EL PRIMER NARCISISMO
En cuanto al conflicto yo/grupo, realmente parece difícil considerar de otro modo que conflictiva a esa relación si sólo tomamos en cuenta el narcisismo que inviste al yo como objeto. Pero, si en cambio nos remontamos más atrás en el desarrollo evolutivo y nos ubicamos en los comienzos de la vida mental, evidentemente grupo y yo no pueden oponerse, sino que constituyen una misma y única realidad psíquica.
Tomando las indicaciones de Freud (1914) acerca del origen del narcisismo del niño como una herencia y una continuación del narcisismo de los padres, idea que Piera Aulagnier (1975) formalizaría en su concepción del contrato narcisista, resulta claro que el primer narcisismo es compartido, en el sentido de la mutualidad pero también en el de la indiscriminación, puesto que la investidura, conjunta, tanto de la madre (o los padres) como del niño, recae sobre la continuidad, esa unidad madre-niño de la que sólo luego surgirán el yo y el objeto.
La creación-hallazgo del yo. El no-yo
Es precisamente dentro de aquella primitiva entidad donde tendrá lugar el nuevo acto psíquico por el que se constituye el yo como una diferenciación, como una nueva unidad. Y es sólo entonces que el narcisismo podrá establecerse como «individual».
El narcisismo individual es por lo tanto secundario al primero, ése que invistió la unidad madre-hijo, y en él se apuntala, puesto que el nuevo acto psíquico por el cual el yo deviene objeto es el de una creación-hallazgo que sólo puede producirse por apuntalamiento : apuntalamiento en el cuerpo y el psiquismo propios, en el cuerpo y el psiquismo de la madre, y en el grupo y la cultura .
El yo es un objeto hallado porque ha sido anticipado y posibilitado en la mente de otro/s, es decir en un espacio psíquico que lo precede, «espacio al que el yo puede advenir». Sin embargo, esta anticipación no basta para garantizarlo, porque, llegado el momento, tendrá que ser creado, justamente por un nuevo acto psíquico. La anticipación es solamente -y también, nada menos que- una disposición significante. Pero la significación en sí exige una apropiación, un trabajo psíquico de retoma, por cuenta propia, que lo que está allí para ser tomado.
Que el yo sea creado por apuntalamiento en el narcisismo primario significa que en su constitución intervienen los tres elementos con que R. Kaës (1984) caracterizó a este mecanismo. Entre lo que funciona como puntal y aquello que se apuntala existe una relación compleja. En primer lugar, un apoyo : en un punto, el puntal y lo apuntalado hacen cuerpo, es decir que, en ese punto, no podríamos distinguir uno del otro (lo corporal de lo psíquico, por ejemplo). En segundo lugar, lo apuntalado se modela sobre lo que sirve de puntal (como, por ejemplo, cuando se elige por apuntalamiento un objeto que toma como modelo al objeto materno). En tercer lugar, entre el puntal y lo apuntalado existe una separación, que ocurre en el lugar donde el puntal está ausente. En ese lugar de la separación entre puntal y apuntalado, que es el lugar de la ausencia del puntal, deberá ocurrir, aunque nada lo garantiza, un pasaje transformador, una transcripción creadora de la que resulta, así, algo nuevo. Esa ausencia del puntal es la condición que permite, aunque, como decíamos, no lo asegura, este pasaje de un nivel a otro, o de un objeto a otro. Es en ese momento y en ese acto que el puntal, que fue hasta entonces objeto, pasa a ser un no-objeto, es decir, pasa a ser el trasfondo del nuevo objeto creado.
Por lo tanto, la constitución del objeto-yo por apuntalamiento significa que el narcisismo individual, secundario, que lo inviste, además de haberse apoyado en y modelado sobre el primario, ha debido en parte «perderlo» para, en esa ausencia, construir el yo, precisamente el objeto cuya creación resulta del trabajo de elaboración de la pérdida de aquella unidad indiferenciada. Por su parte, esta última estructura, que ha funcionado como puntal, pasará a tener el estatuto de un no-objeto, en este caso, no-yo .
Desde este punto de vista, la grupalidad narcisista primaria, metafóricamente reconstruida en el yo, es su negativo.
Narcisismo y apuntalamiento
Según esta perspectiva, es evidente que la relación entre narcisismo y apuntalamiento no se puede definir unívocamente como de oposición, como podría hacerlo parecer a primera vista la distinción que Freud propone en cuanto a las dos modalidades de la elección de objeto.
La oposición entre narcisismo y apuntalamiento se dejaría describir mejor como una tensión entre tendencias. La tendencia propia de la dimensión narcisista, como tendencia a la conservación del modo y los objetos de satisfacción ya conseguidos, con rechazo de la pérdida, de la ausencia y de la prohibición. La tendencia propia del apuntalamiento, como disposición al reconocimiento de que algo falta y a su reemplazo en una multiplicación de los modos y los objetos capaces de producir en su lugar la satisfacción -con el consecuente trabajo de duelo por lo único.
Sin embargo, desde el punto de vista según el cual el móvil último de todo trabajo de desprendimiento y de construcción es la aspiración a la perpetuación y la ampliación de la unidad, ambas tendencias son complementarias : toda creación tiene algo de pseudopodio, algo de extensión y de afirmación del yo. En última instancia, es esta búsqueda narcisista de recuperación de lo que habría sido y podría volver a ser un todo lo que funciona como motor e incentivo para el trabajo psíquico. Es ella la que incita el trabajo de elaboración de la pérdida, ya sea que esta elaboración se exprese en una nueva identificación o en la creación-encuentro de un nuevo objeto de amor.
3. NARCISISMO PRIMARIO Y GRUPO
Ahora bien, ¿qué significa para el yo una regresión al narcisismo primario ?
Por lo que hemos expuesto, la predominancia que, en cualquier caso que consideremos, pudiera adquirir el narcisismo primero, previo a la constitución del yo, y que por lo tanto no supone al yo como acto, sino sólo como una potencialidad, como una anticipación en la mente de otro, significa para él una puesta en jaque. Se trata de la puesta en jaque de la creencia del yo en cuanto a ser una unidad autónoma desde el origen y por lo tanto, de un cuestionamiento a lo que sería su capacidad autogestiva de sí mismo.
El yo se piensa como «no debiendo nada a nadie». Y esto equivale a postular que, además de ser, como el individuo, «para sí mismo su propio fin», es también, y parafraseando a Freud, «para sí mismo su propio origen» : es su propia construcción transicional, y desde ese punto de vista reclama, para ser, el respeto a la paradoja de su ser y de su origen.
Si retomamos ahora la fórmula que Freud propone como constitución de la masa primaria, como la llama, porque «no ha podido adquirir secundariamente, por un exceso de "organización", las propiedades de un individuo.» (1921, p.109), vemos que no existe en este nivel más antiguo ninguna dificultad para que operen simultáneamente identificación e idealización.
En este nivel, el del narcisismo primario, ocurre lo que en el mismo texto Freud describe como identificación primaria, indiscernible de la primera investidura de objeto -y por lo tanto, evidentemente de la idealización. Allí, tanto las investiduras -identificatoria e idealizante- como su(s) destinatario(s) -el yo y el objeto- son convergentes y coincidentes.
En consecuencia, para que se inicie el proceso de diferenciación será necesario que antes tenga lugar la experiencia de la separación y el anhelo, après-coup, de la unidad primera. Y esto es, en todo caso, sólo el inicio de ese proceso que luego llevará a la constitución del yo como objeto.
Proponemos, entonces, que las angustias que inundan al yo en el primer momento del encuentro con otros con miras a conformar un grupo corresponden al desapuntalamiento del narcisismo secundario, por la actualización del narcisismo primario. Esa grupalidad primaria que antecede al yo no necesariamente lo pre-supone, como no sea en la mente de otro, de cuya representación psíquica dependerá entonces el yo para llegar a ser. El afecto que tal vez mejor caracteriza a esta situación es, más específicamente que la angustia, el anonadamiento.
Por eso existe una diferencia crucial entre «entrar a un grupo» y «entrar a un sueño» : el sueño no tiene para el yo el mismo carácter que el encuentro con otros para la formación de un grupo porque en aquél, el yo que (se) sueña no arriesga su propia existencia ; no va más allá de objetos internos que, tranquilizadores o terroríficos, ya están, del modo que fuere, incluidos en él.
En el sueño individual el yo es, para sí mismo, su pre-supuesto ; el yo puede allí «realizar» su deseo y la más primordial de sus aspiraciones : a la vez ser el grupo y poseerlo, lo que equivale a conseguir simultáneamente la unidad y la separación. Salvo patología, la grupalidad primaria se mantiene en el sueño como un fondo ya estabilizado, que no será puesto en cuestión, y sobre el que es posible el despliegue de la escena del contenido manifiesto.
El proyecto de grupo, en cambio, incluye al yo de inmediato, y aunque provisoria, masivamente, en aquello que no sólo no es él -distinción sólo posible desde el narcisismo secundario-, sino más bien en eso donde él no es, y donde podría, tal vez, no ser. Para decirlo de otro modo : el encuentro con la grupalidad primordial no es para el yo un encuentro con lo opuesto, sino una inmersión en lo disolvente. El sentimiento correspondiente puede expresarse, por ejemplo, en el silencio que se instala cuando, tras una disertación, se da lugar a las preguntas del público.
Por su parte, el dispositivo analítico de grupo, y muy especialmente de grupo psicoanalítico de reflexión, donde la ambigüedad de la tarea es mayor que, por ejemplo, en un grupo terapéutico, se presta privilegiadamente a la puesta en evidencia de la actualización de esta formación primaria, y por lo tanto a su análisis. En esos momentos, previos a la organización que hará -para cada uno- del agregado un grupo, ese desconcierto del yo se manifiesta muy dramáticamente. El anonadamiento mismo es indicado en forma directa por el silencio mientras el yo no puede reaccionar a él.
Como intentos de recuperación surgen las identificaciones en urgencia que ha descrito André Missenard (1982), y que pueden manifestarse por ejemplo en la propuesta de presentaciones individuales u otras ofertas/demandas de referencias identificatorias. Al mismo tiempo surgen lo que llamaremos las demarcaciones en urgencia, que corresponden a los intentos de precisar los bordes del agrupamiento. Con frecuencia estas demarcaciones se buscan en los pedidos de aclaración de las reglas, de la consigna de trabajo, o en sus puestas en debate, en los ensayos de re-definición positiva de la tarea que reúne al grupo, en la apelación a conceptualizaciones teóricas del psicoanálisis, etcétera.
Es interesante destacar cómo los recursos interpuestos en urgencia, para precisar límites, los del yo, los del grupo -a la vez que se apoyan mutuamente unos a otros- muchas veces son en esos primeros momentos difícilmente diferenciables entre sí: mientras se ofrecen/demandan referencias identificatorias se va definiendo a la vez por esa vía un contenido del grupo que participa en la definición de los límites del continente. Simultánea e inversamente, las ofertas y demandas de referencias demarcatorias de los límites del conjunto, implican la evocación de rasgos en ese momento individualizantes. Por ejemplo, preguntas como «¿falta alguien ?» ; «¿cerramos la puerta ?» reconducen necesariamente a otras, como «¿quiénes somos "todos"?» ; «¿cómo nos hemos/han juntado ?» ; «¿qué deseo, de quién, nos ha reunido ?».
En los grupos ya conformados, en cambio, puede ocurrir que las demarcaciones en urgencia aparezcan más claramente diferenciadas de las identificaciones en urgencia. Por ejemplo, cuando tiene lugar una puesta en crisis de los límites del grupo por la partida de algún miembro significativo, o de varios miembros en forma simultánea o en un intervalo temporal demasiado corto para la elaboración paulatina de la pérdida, la urgencia demarcatoria parece predominar sobre la identificatoria. Cuando lo que se producen son nuevos ingresos, generalmente la urgencia demarcatoria resulta velada por la urgencia identificatoria, sobre todo en la forma de una depositación en «el/los nuevo/s» de la angustia de no asignación .
La anticipación en la mente de otro
Así, el comienzo del proceso de organización del grupo coincide con el proceso de reorganización del yo. El grupo ha sido ofrecido por una institución, un/os analista/s, que por lo tanto ha/n anticipado su existencia, y cada uno de los integrantes ha sido admitido, mediante cualquier operación que se haya implementado, para formar parte de él. A partir de esa anticipación, esa representación en la mente de otro que supone el deseo de ese otro de formar un grupo, se han reunido ahora y aquí esos yo que realizan así a la vez el propio deseo y aquél deseo fundador. Por lo tanto, «quién es/quiénes somos "el grupo"», «quién/es lo forma/mos» y qué deseo ha logrado (omni)potentemente reunirlo, son las preguntas cuyos avatares de respuesta forzarán el trámite de las uniones y las separaciones, las fusiones y las discriminaciones, que, si todo va bien, producirán al grupo como objeto : un objeto común, intermediario, transicional.
Del «sentimiento oceánico» a la ilusión grupal
La definición bioniana del grupo como «un agregado de individuos en el mismo estado de regresión» resulta aparentemente rebatida por la posterior afirmación de René Kaës (1993) acerca de la singularidad de la regresión para cada yo comprometido en un grupo. ¿Debemos, entonces, juzgar contradictorias ambas postulaciones, o, como nos inclinamos a pensar, una y otra se refieren a diferentes niveles de análisis ?
Considerando el nivel donde se juega la más primitiva formación psíquica, esa que cronológica y estructuralmente antecede a la diferenciación tanto del yo como de todo objeto, incluido el grupo como objeto, entendemos la pertinencia de la propuesta de Bion, puesto que, en referencia al primer narcisismo, la regresión sería idéntica en todos los sujetos en cuanto a la activación de la grupalidad primaria.
Aunque asimilamos este estado al sentimiento oceánico, pensamos que tal vez se dejaría describir mejor como ilusión oceánica, en la medida en que el afecto que la acompaña no es universalmente uniforme : es distinto en cada sujeto singular dentro de la polaridad placer-displacer. En el interjuego entre tales afectos y entre las respuestas singulares que suscitan, aparecen las fuerzas y los medios capaces de producir los primeros movimientos tendientes a la organización del grupo. Por lo tanto, la necesidad y la posibilidad de esa organización es tributaria de las «diferencias de potencial» afectivas e ideativas, las propias de cada subjetividad y las que se suscitan en y por el encuentro de varios. Es en este sentido que evidentemente no podemos hablar de una regresión que sería idéntica para todos los individuos.
Pero, ¿qué es «el grupo» en esos primeros momentos, para cada uno ? «El grupo» es eso que el yo ha perdido para ser, y aquello que jamás dejará de intentar recuperar : es su referencia primera, y constante, lo que, paradójicamente, necesita para ser.
Así, hacer grupo, hacer un grupo, es primero, para cada yo, ser un grupo, hacer coincidir los bordes del yo y del grupo, sin intersticios, sin distancia.
Aunque la realización imaginaria de tal aspiración conoce en los distintos agrupamientos diferentes avatares, existe un fenómeno muy singular, que Didier Anzieu (op.cit.) describió como «estado psíquico particular» que se expresa espontáneamente en frases como «estamos bien juntos» ; «somos un buen grupo» y que llamó ilusión grupal, cuya modalidad de funcionamiento es análoga a la del yo-ideal.
El afecto eufórico que caracteriza a este fenómeno señala un triunfo: la ilusión de la coincidencia entre el yo y el grupo ¡sin conflicto ! : ser a la vez uno y más de uno en función de la supuesta confluencia de los deseos, que se han vuelto «uno» y ya no singularizan. Cada yo -pero no solo, no como en el sueño, sino ahora con «otros»-, es, sin conflicto, un grupo, porque varios yo, «unificados» para eso, coinciden así en sus bordes con el del grupo que han autocreado. Y, precisamente, se trata de las condiciones de la ilusión grupal : por un lado, una alianza pone en suspenso las distancias y las diferencias que podrían impedir la unificación; por otro lado, es esta alianza la que genera al grupo como de sí mismo. La euforia celebra la creación del objeto (narcisista) grupo, que conlleva el desprendimiento de ese objeto creado respecto de la mente que lo anticipó ; pone en evidencia la consumación de un nuevo acto psíquico creador de ese objeto, por una apropiación que lo transforma.
Lo común, el conflicto y el objeto grupo
La grupalidad primaria constituye esa parte de lo común que viene dada. Su actualización en el encuentro inicial con otro/s puede ser o no tolerada, y si lo es, lo es de diferente modo por cada yo implicado en él. La singularidad de cada yo, que se puede indicar en primer lugar por la presencia o la ausencia de esa tolerancia, se especifica luego y sobre todo por los recursos con que cada yo enfrenta ese estado indiferenciado que, como decíamos antes, no lo supone, como no sea en potencia y en anticipación en la mente de otro.
Así, en su aspecto genérico, el conflicto yo/grupo sólo puede surgir en el conflicto narcisismo primario/narcisismo secundario, porque es en ese pasaje donde cada vez el yo se encuentra-inventa al precio de tener que encontrar-inventar en lo sucesivo, cada vez, lo que lo une y lo separa, es decir, lo intermediario.
Bibliografía
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(1993) - El grupo y el sujeto del grupo. Amorrortu editores. Buenos Aires, 1995.
Missenard, A. (1982) - «Du narcisisme dans les groupes» en Le travail psychanalytique dans les groupes-2- Les voies de l'élaboration. Dunod. París, 1982.
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